lunes, septiembre 28, 2009

El conflicto.

Conflicto es básicamente un choque de voluntades... y el encontronazo surge en primer lugar dentro de cada uno de los combatientes. Cuando un individuo o grupo cree firmemente que tiene la razón con respecto a una idea, una propuesta o una manera particular de hacer las cosas, es fácil perder de vista la visión de conjunto, en la que cada posición ofrece una perspectiva única y valiosa. Y cuando las partes antagónicas de un conflicto se quedan «ancladas» en sus posiciones, ambas pierden la perspectiva necesaria para llegar a una resolución. De hecho, la atmósfera puede calentarse y tensarse tanto que cada bando empiece a considerar la lucha como una cuestión de vida o muerte.

La primera víctima en semejante encontronazo es el potencial que hay dentro de cada uno de nosotros para sentir mediante la experiencia que somos una parte integral del todo... lo suficientemente grande para abarcar una perspectiva de 360 grados y lo suficientemente fuerte para salirse de la dualidad de «o luchar o huir». Hay siempre una tercera opción, que no conlleva ni renunciar a nuestra propia verdad tan hondamente sentida, ni forzar a otro contra su voluntad a someterse a nuestros propios deseos. Esta tercera opción requiere que primero relajemos nuestro puño cerrado para formar una mano abierta, y que también el corazón y la mente permanezcan abiertos.

Sólo se necesita que uno de los combatientes salga del campo de batalla para que cambie toda la situación. No «rindiéndose» o retirándose para planear una estrategia más astuta, sino ascendiendo a un plano más alto desde el que la perspectiva lo abarque todo. Tanto la energía como la visión son contagiosas: ya sea un contagio de la actitud defensiva, la ira y el miedo, o del entendimiento de que cada uno de nosotros es un miembro único y valioso del gran todo.

El primer paso en esa ascensión es dar un paso atrás desde el embrollo presente para calmarnos. Fundamentalmente la tarea empieza con uno mismo. Preguntándonos primero, sin querer echarle la culpa a nadie, cómo comenzó el conflicto. Buscar la raíz de la contienda en nosotros mismos y en nuestras propias intenciones, y desviar el foco de cualquier preocupación que pudiéramos tener con «el otro».

Cada uno de nosotros ha aprendido todo tipo de técnicas de «supervivencia» en un mundo que venera a los poderosos y a los que adoptan una acción dinámica, agresiva; en una palabra, a los «vencedores». Pero con demasiada frecuencia los «vencedores» necesitan «perdedores», y nadie quiere ser uno de ellos. ¿Qué teníamos miedo de perder al principio de este incidente? ¿Y hemos optado por dejarnos guiar por ese miedo en vez de por la percepción de nuestra propia fuerza y valía?

Mirando dentro de nosotros para identificar nuestra propia aportación en un conflicto podemos aprender mucho acerca de nosotros mismos y de nuestros miedos e inseguridades. Viéndolos claramente, conseguimos humildad para perdonar y ser perdonado, fortaleza para asumir la responsabilidad de nuestras propias debilidades y compasión por las debilidades de los demás.

A veces, lo mejor que se puede hacer es retirarnos de un conflicto incluso antes de que empiece. Si es demasiado tarde para eso, lo mejor puede ser retirarse de él en cuanto empiece. Una cosa acerca del ansia de poder presente en la raíz de todos los conflictos: si tú no entregas tu poder, nadie puede quitártelo. Cuando tú mantienes intacto tu poder, se acabó el juego.

Es siempre el ego el que se siente provocado: el yo auténtico sabe exactamente quién es y cuál es su posición. Y el viejo proverbio es cierto: «Al luchar tendemos a volvernos como nuestros enemigos». No quieres que te pase eso, ¿o sí?

Abrirse a la posibilidad de unificación ayuda a desprenderse de las «anteojeras» que limitan nuestra visión, y hace posible que las viejas rigideces den paso a la flexibilidad. Al hacer estos «deberes» —la tarea de uno mismo— se hace posible un mayor entendimiento, y se origina una aproximación más espontánea a la vida cotidiana.

Cada situación o conflicto que lleva todas las de perder oculta un posible desenlace beneficioso para ambas partes. Los que están en la posición de «derrotar» realmente a sus oponentes tienen una responsabilidad especial una oportunidad única para buscar la solución que traiga beneficios duraderos para ambas partes, en vez de conformarse con saborear una victoria que está destinada a ser momentánea.

No intentes siquiera empezar algo nuevo hasta que se haya resuelto el presente conflicto. Igual que sacarte una astilla del pulgar, es doloroso pero necesario para evitar más daños. Éste es un buen momento para llamar a un mediador imparcial si hay uno disponible, que pueda aportar luz en las áreas en las que no hay claridad.

Cuando las cosas alcanzan un punto de ebullición, la llama que hay bajo la olla no se apaga mágicamente por misma. No importa lo difícil que pueda parecer, es esencial esforzarse con firmeza para alcanzar un acuerdo. Al principio, al ego esto le parece exasperante, porque no hay nada que el ego odie más que la apariencia de vulnerabilidad.

domingo, agosto 30, 2009

La llamada de la Compasion

La compasión es el deseo de que los demás estén libres de sufrimiento. La acción compasiva resulta paradójica y misteriosa: es absoluta y, sin embargo, continuamente cambiante; es capaz de aceptar que todo ocurre exactamente como debe y, a la vez, trabaja con total entrega a favor del cambio; tiene objetivos, pero sabe que no existe más que el proceso; se muestra alegre en medio del sufrimiento y esperanzada ante obstáculos insuperables; es simple en un mundo de complejidad y confusión; se hace para otros, pero en realidad nutre a quien la realiza; protege para fortalecerse; pretende eliminar el sufrimiento, aún sabiendo que éste es ilimitado; es acción que surge del vacío.

Cuando vemos la inmensa tristeza y sufrimiento del mundo, nos suele suceder que sentimos un gran dolor en el corazón. Tantas veces el sufrimiento parece cruel, innecesario e injustificado, como si fuera el reflejo de un universo desalmado, y creemos que la avaricia humana y el temor que lo causan en gran parte están descontrolados... Pero cuando nuestros corazones se abren en medio de todo esto, surge el deseo de ayudar. Esta es la experiencia de la compasión.

La compasión es la apertura sensible de nuestro corazón al dolor y al sufrimiento. Así, cuando surge en nosotros, vemos y reconocemos aspectos de la vida que nos provocan tristeza, ira o indignación, precisamente aquellos que a menudo pretendemos ignorar. El poderoso despertar de nuestra propia compasión nos pone en contacto, de hecho, no sólo con las fuerzas nutridoras y sustentadoras del mundo, sino también con las opresoras y destructivas: al abrirnos directamente a éstas y familiarizarnos con ellas, en lugar de evitarlas como solemos hacer, será más probable que encontremos maneras diferentes de responder con amor y apoyo, y más eficaces, para aliviar el sufrimiento. Cuando el dolor lo padecemos nosotros mismos, intentamos por todos los medios acabar con él y, si no podemos conseguirlo solos, deseamos que alguien acuda en nuestra ayuda. Por eso, la compasión nos permite sentir la súplica de otra persona como propia, percibir el mismo anhelo de ser socorrido y escuchar a nuestro corazón pedirnos que ayudemos.

El Dalai Lama ha dicho: «El amor y la compasión no son un lujo, sino una necesidad. Sin ellos, la humanidad no puede sobrevivir, pero empleándolos podemos hacer un esfuerzo conjunto para resolver los problemas de toda la humanidad.»

Actuar con compasión no consiste en hacer el bien porque creamos que debamos hacerlo, sino sentirse empujado a la acción por un profundo y sincero sentimiento. Supone que nos entreguemos a lo que hagamos y que estemos totalmente presentes en esos momentos, por muy difícil, triste o aburrido que nos resulte y sin importarnos cuánto nos exija. Se trata de actuar desde nuestra más profunda comprensión de lo que es la vida, atentos a descubrir la mejor manera de actuar en cada situación y sin comprometer la verdad. Es trabajar con los demás de forma desinteresada y con un espíritu de respeto mutuo.

La compasión es la base de toda relación verdadera: significa estar presente con amor —amor por nosotros mismos y por todos los seres vivos, ya sean animales domésticos, pájaros, peces, árboles...; es llevar nuestra verdad más profunda a nuestras acciones, aun cuando el mundo parezca oponerse a ello, pues eso es fundamentalmente lo que tenemos para dar al mundo y a los demás.

El sufrimiento existe, el dolor existe, la crueldad y la injusticia existen. No podemos negarlo ni tampoco eliminarlo completamente por mucho que lo intentemos, pero lo que sí podemos hacer es llevar la verdad y la bondad a cualquier situación en la que nos encontremos: podemos usar el sufrimiento como una oportunidad para expresar amor. Cuando otros sufren, no siempre podemos hacerles felices aunque realmente lo queramos, pero podemos crear las condiciones para que puedan surgir otras opciones saludables y así colaborar en que creen una vida más satisfactoria. No podemos «arreglar» la vida de los demás, pero podemos ayudarnos unos a otros a ser más intuitivos y expertos ante nuestros «malos momentos», para poder tener más control sobre nuestras vidas y conseguir una mayor libertad al dejar de ser dependientes. En realidad, lo que podemos darnos mutuamente es apoyo, ya sea desde la forma de cuidados amables o hasta la de la atención eventual a las necesidades humanas más básicas.

La vida en la Tierra, variada y maravillosa, incluye a la humanidad, como comunidad de personas interconectadas, todas ellas portadoras de un alma y con la capacidad de responder eficazmente a sus propios problemas, si cuentan con los recursos adecuados. Por razones complejas, muchos de nosotros no tenemos ahora tales recursos y necesitamos del apoyo y la ayuda de otros para que bascule la balanza, pero todos podemos participar en este movimiento.

La compasión empieza por uno mismo. Cuando nos queremos y tratamos bien a nosotros mismos, alimentamos nuestro crecimiento espiritual y cultivamos la compasión por los demás; algo que Gandhi, que dedicó su vida a aliviar el sufrimiento ajeno, comprendió muy bien y expresó con las siguientes palabras: «Creo en la unidad esencial de todas las personas y, más aún, de todas las vidas. Por tanto, creo que si una persona crece espiritualmente, el mundo entero gana también en este sentido, y si una persona retrocede, el mundo entero lo hace en la misma medida.» Lo único que tenemos para dar es lo que somos: cuando nos aceptamos y perdonamos a nosotros mismos, nos sentimos más relajados y felices, y somos más capaces de ser amorosos con los demás.

La acción compasiva es un camino en el que desarrollamos nuestra conciencia y nuestra intuición, y al hacerlo nos convertimos en instrumentos cada vez mejores del cambio, a modo de huecas flautas de caña por donde suena la música sanadora de la vida.

Todos solemos ser benévolos y compasivos con las personas que conocemos y con la tierra sobre la que vivimos; enseñamos a nuestros hijos, escuchamos a nuestros amigos y cuidamos de nuestros jardines. Sin embargo, hoy debemos aprender a dar los «primeros pasos» hacia otra clase de acción compasiva, de una cualidad que nos puede costar descubrir y que llega más allá del alcance de nuestros brazos, llega el momento de actuar con amor, atención, verdad y pasión respecto a aquellos que nos llaman desde más allá de nuestro círculo cotidiano.

Nuestras solícitas respuestas individuales no tienen por qué excluir la necesidad de un compromiso por parte de los poderes públicos, pues aunque cada uno de nosotros enseñara a leer a alguien, nuestras escuelas seguirían necesitando programas para prevenir y ocuparse del analfabetismo. Sin embargo, necesitamos responder a ese grito de socorro cuando lo escuchamos para poder seguir viviendo en paz con nosotros mismos y con los demás. Y esa respuesta puede acercarnos a otros y eliminar parte del dolor del mundo.
La compasión es un sentimiento noble que eleva a quien la tiene, y esta compuesta por dos elementos básicos, la inteligencia de lo que sucede, y la acogida de quien se encuentra en la situación negativa. Hacía la persona que está en situación dolorosa la compasión se abre a la comprensión de su situación. Se da una visión reflexiva de lo acontecido. Existen pérdidas que resultan ganancia y, a veces también ganancias que son pérdidas. La persona compasiva puede distinguir estas situaciones y reaccionar frente a ellas de una forma constructiva. Quien ha sufrido una desgracia se siente sólo y en algún momento necesita ser acompañado. Este es el momento de ser acogido, lo que es de gran importancia para quien está afligido. Quien está triste se siente sumergido en la oscuridad, la luz ha huido de su corazón. La persona compasiva permanece llena de luz, de paz, de amor, y en ella el triste encuentra un puerto acogedor.

Cuando podemos ponerle buenas dosis de compasión a todo lo que vemos, oímos, hacemos y pensamos, las cosas cobran otra dimensión. Ya no es lo que creo que una persona me esta haciendo, aquel compañero de trabajo me dice, o tal vez nuestros familiares, no. Sino que a través de la compasión puedo ver como las personas, tratan de hacer o decir lo que pueden, desde sus perspectivas. Y si puedo tener y mantener una actitud llena de compasión, podré esparcir un poco de esa buena energía que da tener un corazón lleno de amor hacia mi mismo y hacia los demás.

domingo, agosto 02, 2009

como reconocer las Frustraciones.

Las frustraciones, entendidas como una consecuencia sicológica de la imposibilidad interior o exterior de alcanzar un objeto o situación para la satisfacción de una necesidad, son experiencias ingratas. Depende de nosotros dejarlas como tal o tratar de tomarlas como una prueba a nuestro estado de equilibrio interno y a nuestras capacidades de trabajar la paciencia, jerarquías en la vida, creatividad y, por qué no, sentido del humor.

La frustración se produce cuando aparece una barrera o interferencia invencible en la consecución de una meta o motivación. Podemos decir que la frustración es un sentimiento que viene generado por un malestar. Que se manifiesta como un estado de vacío o de anhelo insaciado. Dicho malestar está provocado porque “quiero algo”… Es una necesidad insatisfecha. Por lo tanto vivimos en un estado de frustración permanente. Porque hay muchísimas necesidades que no hemos satisfecho.

La frustración y los conflictos son un quehacer ordinario de nuestras vidas. Ellos no sólo interactúan entre sí, sino que viene hacer una de las fuentes más importantes del comportamiento humano. Y de tal modo, que la manera como el individuo los resuelva, dependerá, en gran medida su salud mental.
Tenemos las frustraciones de origen externo, que pueden ser "físicas", como la imposibilidad de encender el auto antes de salir del trabajo, y "sociales", como la falta de dinero para comprar algo que creemos necesitar, o las negativas de las personas a acompañarnos.
Tenemos frustraciones de origen interno: que son la inadaptación emocional y la falta de tolerancia a las mismas. De este modo el logro y el fracaso, así como la dependencia e independencia, son las principales fuentes internas de frustración y de acción.

La repetición de la frustración tiende a desarrollar la distancia entre su causa y la reacción; y puede llegar el momento en que se ha perdido la noción del origen de la frustración.

El proceso de madurez no es más que una larga carrera de obstáculos. A lo largo del desarrollo vital nos encontramos con numerosas barreras que impiden o dificultan la realización de nuestros deseos e impulsos. La auténtica madurez se consigue cuando asumimos nuestras limitaciones. Cuando sabemos convivir con las frustraciones producidas ante acontecimientos insuperables. Cuando nuestras metas y objetivos se asientan sobre un plano real, relegando nuestras fantasías al campo de la ensoñación, sabiendo en todo momento que no somos dioses ni súper humanos.

Elegir con libertad. Muchas son las personas que frustran sus expectativas porque sus normas o las de los demás no les dejan elegir con libertad. A veces “el debo” viene generado por normas sociales, morales, éticas y la persona no puede darle rienda suelta a sus verdaderas necesidades. Lo sano, es no dejarse manipular todo el tiempo en la toma de decisiones por esos “debo”, hay que intentar que “quiero” y “debo” sean similares.

¿Realmente nos hemos detenido a pensar la cantidad de veces que hacemos algo y que no queríamos realmente hacer? El hecho de tener miedo a la desaprobación y al rechazo a menudo hace difícil decir “no” a los requerimientos de los demás. Si nos pasamos la vida complaciendo a los demás, podemos perder la capacidad de saber qué es lo que realmente queremos. Es interesante que reflexionemos acerca de nuestra vida, actividades, las personas que nos rodean. Intenta en la medida de lo posible sentirte pleno en tu “quiero” y “debo”. Intenta no colocar siempre por delante esas normas generales que forman el “debo”.

Una frustración puede ser el trampolín para lograr tener un estilo de personalidad que lucha por sobreponerse a los problemas y lo hace valientemente hasta que finalmente lo logra. Nos puede enseñar que ese no era realmente el camino correcto y que finalmente debemos agradecerle a esa experiencia el haberse presentado en nuestra vida. También puede enseñarnos que en la vida hay que ocuparse de lo que verdaderamente vale la pena, como los sentimientos y las personas, por sobre las cosas materiales o los logros académicos. Y nos puede dar la posibilidad de reírnos de nosotros de una manera sana y descomplicada. Finalmente, nos puede dar la posibilidad de dejar de pedirle a la sociedad que sea perfecta, sin por ello convertirnos en seres depresivos o pesimistas, sino tan sólo realistas. Existen tres formas de reestablecer la capacidad para saber lo que uno desea:
Es necesario dejar de tomar decisiones impulsivamente
Si no tenemos clara una idea, podemos posponer la decisión utilizando frases asertivas como:
- Tengo que pensar en ello.
- Más tarde lo comentamos.
- En este momento no lo tengo claro.
Con este tipo de afirmaciones ganamos tiempo y dejamos claro a los demás que tienes opinión, aunque no sabemos cuál es en ese momento. De esta forma la sensación no será frustración porque no nos dejamos llevar abiertamente. La decisión final puede ser la que proponían otras personas, pero el hecho de exponer nuestros pensamientos nos hace libre de sentirnos manipulada. Cuando recuperemos las riendas de nuestras apetencias, a lo mejor decidimos no participar voluntariamente en las decisiones, pero ya no nos sentiremos frustradas.
No actúes de forma automática llevada por los hábitos de conducta que tienes
Lo sano ante una situación que abordar es pararse a pensar: ¿qué quiero yo realmente hacer?, ¿hago daño a alguien si decido autónomamente? A veces estamos atados a nuestras propias costumbres y sin embargo no son las actitudes que más me gustan. Lo peor de todo es auto-frustrarme porque me convierto en mi propia carcelera. Evalúa qué es lo más adecuado para ti en cada momento, e intenta no dañar a los demás en tus decisiones.
Déjate guiar pero cuando lo estimes oportuno
En ocasiones tenemos que ser educados y dejar a otros que decidan o incluso impongan su criterio. Con esto no pretendo decir que siempre tenemos que decidir nosotras, por encima de todo. Pero sí que tomemos parte activa de las situaciones que aparecen. Las normas sociales, morales y éticas están muy bien y proporcionan una vida ordenada en sociedad. Lo negativo es seguirlas a rajatabla frustrando nuestros deseos oportunos. Si te esfuerzas podrás conseguir un equilibrio entre tu “quiero” y tu “debo”.

Las barreras que se nos presentan en la búsqueda de nuestras metas, y son frustrantes pueden ser físicas, sociales o psicológicas. Las barreras nos impiden satisfacer nuestras necesidades.
Las barreras físicas son superadas con relativa facilidad. Observa como la Internet nos permite superar la barrera física de la distancia, y nos puedes comunicar en tiempo real con alguien al otro lado del mundo. Observa a tu alrededor y notarás la huella de una barrera superada con creces.
Las barreras sociales ocurre que se lucha a favor de la libertad, la igualdad y equidad entre los seres humano; se trabaja para disminuir la violencia; la pobreza, hambre, inseguridad, analfabetismo. Considere los países que en pocos años ha logrado superar obstáculos, que a otros pueblos les ha costado siglos de lucha.
Las barreras psicológicas son difíciles de superar, en virtud de la carga subjetiva de la misma. Por ejemplo, cuando dices: “No puedo”; afirmas: “Siempre he sido así, no voy a cambiar”; o concluyes: “Eso es muy difícil para mi”.

La frustración produce un conflicto; que a su vez genera un desequilibrio interno. Llegado al estado de desequilibrio, se activan algunos mecanismos compensatorios para aliviar la tensión producida. Algunos de nuestros mecanismos preferidos.
Evasión. El que evade, cuando esta desequilibrado, procura dormir mucho, usa tranquilizantes, ahoga las penas en licor, trabaja en exceso para ocupar espacio y no detenerse a pensar. En caso extremo desea la muerte.
Desistir. Cuando se considera que la barrera es insuperable, otro posible mecanismo es “colgar los guantes”; “tirar la toalla”. Abandonar la búsqueda de la meta.
Meta alternativa. En este caso, ante un obstáculo que impide alcanzar lo que deseamos, buscamos otra meta. Si no me quiere María, me busco a Juana. Como estudiar medicina resulta muy difícil, me cambio a otra carrera… ¿No hay chocolate? Déme vainilla…Vivir con Juana… obtener otra carrera… o saborear vainilla… alivia el desequilibrio. Pero seguiremos frustrados… porque no es lo que originalmente deseábamos.
Agresión a la barrera. De este modo intentamos aliviar tensiones. Si tu pareja no desea compartir contigo… la hieres de palabras… hasta maltrato físico. Generalmente la conducta agresiva es un mecanismo compensatorio que utiliza una persona frustrada.
Agresión desplazada. Típica reacción de desequilibrio. Como no puedes agredir a la barrera porque es tu jefe, una autoridad, o tu mismo; entonces te desahogas agrediendo a otros. Generalmente alguien más débil. Lamentablemente esa persona más débil es tu pareja, un hijo, un amigo, un subalterno. Que no tienen culpa, responsabilidad, ni nada que ver con tu frustración.

¿Cual es tu mecanismo favorito? tales conductas no nos conducen a nada satisfactorio, al contrario, agravan el problema. Y lo peor… seguimos frustrados.

¿Qué hacer entonces?
Superar la barrera mediante una solución de compromiso. Es decir utilizar todos nuestros recursos para enfrentar y resolver creativamente la fuente, el origen de la frustración; no los síntomas. El procedimiento es sencillo:
Acepta que estas frustrado. Analiza la causa de dicha frustración. Plantea todas las posibles soluciones. Jerarquiza las posibles soluciones en orden de importancia. Elabora un inventario de todos los recursos que tienes a tu alcance. Actúa. El asunto es decidir.
Las frustraciones no son negativas. Es una condición de la naturaleza humana. El problema es como las enfrentamos. A lo largo de nuestra existencia hemos enfrentado muchas barreras que te frustran. Pero las superamos. ¿Recuerdas cuando te levantaste y venciendo la fuerza de gravedad comenzaste a caminar?
Haz un recuento de tu vida desde que naciste. Observa la inmensa cantidad de escombros de barreras superadas. Felicítate por esos logros, que son muy tuyos. Agradece igualmente a quienes te dieron la mano para apoyarte en esos logros.

No tienes por qué vivir desequilibrado por las frustraciones… ellas son el pan de cada día… lo que necesitas es enfrentarlas creativamente. Hazlo y notarás como cambia radicalmente tu vida… en forma positiva. Muchos te admirarán y agradecerán el cambio.

No esperes mucho… Al final lo interesante es conocernos en profundidad para así poder decidir en nuestra vida.

lunes, junio 29, 2009

Aprender a Soltar

A fuerza de querer controlar todo lo que nos rodea, derrochamos nuestra energía y perdemos la serenidad. Cómo podemos disfrutar más de la vida, cómo podemos hacer para sentirnos en ella como en un baile, en una fiesta. Para eso debemos ser expertos en el arte de soltar. Si acarreamos las semillas del ayer al hoy, plantándolas en cada "ahora", nos atamos a aquello que ya ha terminado, que se ha ido, que pertenece a otro tiempo.

Muchas veces rehusamos cambiar un hábito, ser más flexibles, probar un nuevo método o dejar a un lado algo que sabemos está trayendo destrucción a nuestras vidas. Nos aferramos con porfía a nuestro camino, aun cuando este produzca dolor y sufrimiento. Nos aferramos hoy a una situación negativa que puede estarnos robando vitalidad, energía, creatividad y el entusiasmo de vivir.

Soltar es abandonar una ilusión: la de la separación. Lo cual no presupone, una negación de la individualidad. Simplemente, la parte se reconoce como una expresión del todo: la ola sabe que pertenece al inmenso océano y, al mismo tiempo, reconoce a las otras olas como una expresión de lo que ella misma es en su esencia. Por medio de esta aparente paradoja, el otro desaparece —nadie puede serme esencialmente extraño— y es reconocido, a su vez, en su diferencia existencial. El Yo deja de ser la medida de todas las cosas. No existe más un Yo que exige que el otro se pliegue a mis deseos.

Cuando hay un reconocimiento de que algo ha terminado, que algo está concluyendo, sea lo que sea: un trabajo, una relación, un hogar, algo que nos haya podido ayudar a definir quienes somos. Es el momento de soltarlo, permitiendo la tristeza, pero sin tratar de agarrarlo. Sabiendo que algo más grande nos está esperando, hay nuevas dimensiones para descubrir.

Parece que hay que aprender a «soltar». En todo caso es lo que cada uno puede leer u oír cuando se trata el tema de la dimensión espiritual de la existencia. Si bien esta expresión es bastante usada, incluso es un cliché del crecimiento personal, no por ello es menos confusa. Se presta a varios malos entendidos. Exactamente ¿qué debemos “soltar” o “dejar ir”? Esta actitud, ¿es compatible con un posicionamiento responsable? ¿Cómo pasar de la teoría a la práctica?

Generalmente, cuando realizamos una limpieza nos sentimos aliviados, pero no siempre somos capaces de retirar todo aquello que ya no usamos. No deja de ser algo parecido a lo que nos pasa en otros aspectos de nuestra vida, no siempre somos capaces de prescindir de algunos prejuicios o principios arraigados en nuestro pensamiento desde hace tiempo, aun habiendo comprobado reiteradamente su invalidez.

Este “deber ser” puede que simplemente este reflejando nuestros miedos a perder lo conocido, a soltar, a morir. El único problema radica en que el miedo a la muerte genera el miedo a vivir, podríamos decir que son las dos caras de la misma moneda. Es como si la vida nos quisiera enseñar constantemente la importancia de la muerte, como decía Steve Jobs, “la muerte es el mejor invento de la vida, retira lo viejo para dejar sitio a lo nuevo” “todo lo que consigues en la vida, antes o después, tienes que soltarlo; de forma gradual o de repente, de forma voluntaria u obligada”, de ahí la importancia de aprender a gestionar las pérdidas y elaborar el duelo correspondiente, de una manera sana.

La manera en que gestionemos las perdidas nos harán crecer como personas o enquistarnos, hemos de conseguir pasar de preguntarnos ¿por qué? a contestarnos ¿para qué? La clave siempre estará en aceptar la realidad, aprender a soltar y, para ello nada mejor que empezar a practicar con una buena limpieza de las cosas inútiles que nos rodean.

Antes de pretender «soltar», deberíamos saber qué es lo que «tenemos». En el centro de esta posesión se encuentra el ego, una convicción, un sentimiento del cual emana todo. Yo, Pedro o Isabel, existo independiente de todo, solo frente al otro, es decir, a todo lo que no es «Yo» y que, al ser «otro», no siempre obedece a mis deseos. La identificación con este muy querido Yo se paga muy caro: me siento separado. Así es que vivo, a la vez, en el miedo y en la ilusión de la omnipotencia. «Solo frente al mundo», «Después de mí, el diluvio», son, en suma, las dos creencias sobre las cuales se basa el ego.

¿Qué sucede en la práctica cotidiana? El sentido del yo separado se mantiene cuando rechazamos más o menos conscientemente al otro. Es decir, cuando decimos, por ejemplo, «Yo no quiero que llueva esta mañana», «yo no quiero que mi pareja se enoje», «yo rechazo todo y pretendo poner otra cosa en su lugar». Este rechazo se acompaña de una pretensión subyacente de controlarlo todo.

El hecho mismo de que «yo no quiera» implica la íntima convicción de que podría ser de otra manera porque mi soberano deseo. Queremos rehacer nuestro mundo con los «si», los «cuando», o en nombre de lo que «debe ser», lo que «hubiera podido ser> nuestros pensamientos vagabundean el pasado o el futuro. Es bastante raro que estemos «aquí y ahora», cuando, en realidad, no podemos estar en otro lado más que aquí ni en otro momento más que ahora. Independientemente de lo que mi mente pretenda, estoy donde están mis pies. Si pienso en el pasado o en el futuro, es siempre a partir de un ahora. Pasado, futuro, otro lado, no existen más que como pensamientos que surgen del aquí y ahora.

La práctica más simple y eficaz de soltar consiste, en ejercitarnos en la permanencia en el aquí y ahora con lo que es. Esta práctica no excluye prever u organizamos, ni nos dispensa de nuestras responsabilidades. La actitud de apertura incondicional al instante no conduce a bajar los brazos, ni a tolerar lo intolerable. El soltar, en lo inmediato, es totalmente compatible con la acción en el tiempo. No es resignarnos sino ser conscientes de nuestros propios límites. Un ejemplo: si hay un accidente justo frente a mí. El hecho de que practique el soltar aquí y ahora y sobre cuestiones como: ¿será grave?, ¿su vida dependerá de mí? no me conduce a abstenerme de ayudarlo. Por el contrario, este posicionamiento interior, al ahuyentar los pensamientos parasitarios o los miedos, me permite actuar más rápido, en la exacta medida de mis posibilidades.

Aquí y ahora me pertenece la acción, la propuesta de algo... Luego, la vida dirá... De este modo, guardo toda mi energía para actuar, en lugar de derrocharla. Renunciando a controlar el futuro, obtengo mejores resultados en el presente. En verdad, nuestro único poder, nuestra única responsabilidad real, se ejerce en el instante presente, el cual, prepara los instantes futuros pero sin garantías, incluyendo el próximo segundo. «La vida es lo que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros proyectos», decía John Lennon.

Soltar es, también, dejar de abordar la existencia con una mentalidad de «seguro contra todo riesgo». Por más que quiera controlar el futuro, la vida no es una compañía aseguradora y no ofrece ninguna garantía.

La práctica habitual del soltar nos alivia de un gran peso. Nos libera del complejo de Atlas llevando al mundo sobre nuestras espaldas. Hace coincidir el más profundo desapego con el más auténtico sentimiento de responsabilidad hacia nosotros mismos y hacia los otros. Es, el fundamento de la verdadera confianza en uno mismo.

Soltar no es abandonar ni olvidar, es simplemente dejar en libertad, ser y dejar ser, sin presionar ni ahogar, no obligar o imponer, mucho menos apegarse a algo que se dice tener o se cree poseer
Soltar no implica ignorar no dejar que la rutina y el olvido se apoderen de aquello que es de mucho valor, porque va de corazón a corazón.

miércoles, marzo 04, 2009

Discernimiento, nuestra facultad de decidir.

El discernimiento es la capacidad de conocer aquello que en última instancia es para nuestro bien mayor. Podemos saber lo que es correcto para nosotros cuando escuchamos nuestro corazón y reflexionamos sobre nuestras elecciones. Es la capacidad de conocer en nuestra cabeza y corazón que algo o alguien es adecuado para nosotros. Muchas veces nos esforzamos por volver adecuada una situación o una persona en vez de preguntarnos si es persona o situación es lo mejor para nosotros. Cuando discernimos nos estamos valorando a nosotros mismos en todos los niveles y hacemos elecciones que reflejan ese nivel de autovaloración, vemos las cosas claramente y expandimos nuestra visión más allá de nuestros temores y dudas acerca de nosotros mismos.

Solo nos es posible discernir cuando somos capaces de tomar distancia de mis opiniones y de mi contexto, esto me permite percibir con mayor claridad… al combinar desapego y enfoque veo la escena completa, todas sus partes, así puedo comprender la verdad del momento y observar en el presente, en el aquí y ahora, desde una posición firme y segura, atenta, escuchando, alerta, disponible y confiando en nosotros incluso cuando enfrentamos opiniones contrarias o ideas obsoletas pero activas. Es el poder para escuchar lo que ya sabemos profundamente. La confianza en nosotros mismos es la clave, mientas mas confianza mejor sabemos distinguir cuando el sentido del conocimiento es preciso.

No puede haber discernimiento sin la cualidad del Amor, la forma más elevada de sensibilidad - cuando todos los sentidos están floreciendo juntos. Sin esta sensibilidad - no hacia los propios deseos, problemas y toda la insignificancia de la propia vida particular.

Para que el discernimiento exista, es esencial que haya libertad con respecto al dolor, a la aflicción, a la soledad. El discernimiento no es un movimiento continuo; no puede ser capturado por el pensamiento. Es inteligencia suprema, y esta inteligencia utiliza al pensamiento como una herramienta. Es inteligencia con su amor y belleza. En realidad, son inseparables; de hecho son una sola cosa. Esa cosa es lo total - que es lo sagrado en su máxima expresión.

El Poder de discernir es una hermosa llave para abrir en la vida la apariencia de lo mágico, es lo que nos permite capturar la maravilla, y protege nuestra sensibilidad mas profunda y desde allí tomamos las decisiones mejores para nosotros.

domingo, enero 04, 2009

Intimidad

Todo lo que existe en nuestras vidas, todo lo que hemos creado a nuestro alrededor, es simplemente un reflejo de lo que llevamos dentro. La intimidad forma parte de nuestras necesidades esenciales, sin ese privado y sagrado espacio de creencias, pensamientos, sueños, proyectos que nos constituyen como seres únicos nos sentimos como amputados de nosotros mismos.

La claridad con la que seamos capaces de percibir nuestra vida y lo que ocurre en ella, es factor fundamental para nuestro bienestar interior. Para estar bien con otra persona, necesitamos estar bien con nosotros mismos primero. De eso se trata la intimidad, de conocernos íntimamente, internamente, honestamente. Se trata de poder mirarnos al espejo y reconocernos y aceptarnos tal como somos.

La intimidad no se escuda ni en el pasado ni en el futuro, puede percibirse como algo que nos gusta o que nos disgusta, nos revela realmente quienes somos; deja al descubierto incluso nuestras heridas emocionales, temores y resistencias. Para poseer una intimidad, se debe estar dotado de un “si mismo”.

El ser humano necesita ser reconocido como persona. No es en la superficialidad donde el ser humano se distingue de sus semejantes, sino en la intimidad: el ser humano vale lo que vale su intimidad. Descubrirse a sí mismo en la dimensión personal requiere conocer cada vez mejor la propia intimidad. Descubrirse a los demás en esta misma dimensión implica ser capaz de comunicar la intimidad a otros. Ambas cosas resultan más fáciles en el clima natural de la intimidad que es la familia. Ello se debe a que "en el ámbito de esa gestación de segundo orden -comparando el claustro familiar con el claustro materno- lo biológico se hace biográfico. La familia es, por tanto, un centro de intimidad.

Aunque nuestros corazones anhelan la intimidad, aunque nuestras mentes entienden nuestra profunda necesidad de intimidad, la revelación de nosotros mismos que esta exige es a menudo algo que nos intimida demasiado. Compartir el propio ser completamente, sin límites, deja al desnudo el profundísimo temor humano a ser rechazado por ser quienes somos.

La intimidad significa compartir los secretos de nuestros corazones, mentes y almas con otro ser humano imperfecto y frágil. Exige que le permitamos a otra persona descubrir qué nos moviliza, qué nos inspira, qué nos impulsa, qué nos obsesiona, hacia dónde corremos y de qué huimos, qué enemigos autodestructivos yacen dentro de nosotros y qué sueños locos y maravillosos albergamos en nuestros corazones.

Esta pertenece al individuo y a su interioridad, y también a los territorios que construye a lo largo de los años, pareja, familia, ya que La Intimidad, es la que entreteje el vinculo que lo une a su entorno, a sus “íntimos”, pareja, hijos, parientes, amigos. Para la intimidad, las relaciones son procesos, no productos acabados y perfectos.
La intimidad necesita tiempo y espacio para crecer, implica estar ahí con la otra persona, estando presente tanto física como mental y emocionalmente, ambos durante la conversación y el silencio. Somos afortunados si experimentamos solo tres horas de auténtica intimidad en toda nuestra vida.

Podemos desarrollar intimidad con nosotros mismos de la misma manera que lo hacemos con otras personas, al ser honestos con nosotros mismos, comunicarnos claramente con nosotros mismos, y permitirnos tiempo y espacio para estar a solas con nosotros mismos. Una vez que logramos intimar con nosotros mismos, aprendemos a aceptarnos por lo que somos, y nos sentimos lo suficientemente cómodos como para relajarnos y permitirnos fluir libremente con lo que sentimos, para expresarlo armónicamente, y establecer una conexión con la otra persona que nos permita conectarnos íntimamente.

Cuando nos compenetramos lo suficiente con otra persona para permitirnos decirle exactamente como nos sentimos, le ofrecemos un puente que puede permitirle conocernos mejor. Los puentes se cruzan en ambos sentidos, y eso nos permitiría conocer mejor a la otra persona también. Es importante recordar que no podemos intimar con otra persona más de lo que somos capaces de intimar con nosotros mismos. Por ejemplo, ¿Cómo podemos esperar que alguien sepa como nos sentimos si nosotros mismos no lo sabemos?

Es importante mantener siempre presente que nadie nos puede dar lo que no tenemos, ese es un trabajo que nos toca realizar a nosotros mismos. Si sentimos que hay algo que nos falta, e intentamos encontrarlo en otra persona, lo único que encontraremos será la decepción. Y no podía ser de otra manera pues simplemente estaremos viendo el reflejo de lo que llevamos dentro.

Sin intimidad no hay posibilidad de apertura, sin esta el individuo no se forma, el ser humano no crece.

lunes, noviembre 24, 2008

Tolerancia, una virtud del corazón.

M. Gandhi: "La regla de oro de la conducta humana es la mutua tolerancia, ya que nunca compartimos todos las mismas ideas".

La Tolerancia es el reconocimiento de los derechos universales de la persona humana y de las libertades fundamentales del otro. Es el respeto y la apreciación de la riqueza y de la diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestros modos de expresión y de nuestra manera de expresar nuestra calidad como seres humanos. No es complacencia ni indiferencia.

La tolerancia es la capacidad de conceder la misma importancia a la forma de ser, de pensar y de vivir de los demás que a nuestra propia manera de ser, de pensar y de vivir. Si comprendemos que nuestras creencias y costumbres no son ni mejores ni peores que las de otras personas, sino simplemente distintas, estaremos respetando a los demás. No es preciso compartir una opinión para ser capaz de considerarla tan válida como cualquier otra. Lo que hace falta es tratar de ponerse en el lugar de los demás. Desde cada perspectiva, las cosas se perciben de una manera distinta.

Es un reto al que nos vemos abocados continuamente, en nuestras relaciones laborales, familiares y de pareja. Aceptar las diferencias del otro, tolerarlas, es respetar la necesidad de autonomía de cada uno. Se suele creer que una relación personal o de pareja tienen garantizada su unión en el tiempo cuando compartimos los mismos gustos, cuando los criterios políticos, religiosos y filosóficos parecen calcados, esto tal vez funcione, pero la base mas sólida no es la coincidencia, sino la aceptación de las diferencias: es la oportunidad de enriquecernos cuando se rompe la visión estrecha de la propia perspectiva.

Hoy la idea de la tolerancia es a priori compartida por todos. Hay algo más aceptable, que una persona tolerante, nos la imaginamos, humilde, indulgente, buena, hasta sabia. En cambio la intolerancia aparece claramente como un desatino. Cuando tenemos convicciones fuertes, ejercer la tolerancia en nuestra vida cotidiana, no nos resulta fácil. Es un esfuerzo que debemos hacer con respecto a nosotros mismos: aceptar que no siempre poseemos la verdad. Es importante recordar que existe una buena y mala tolerancia, la primera da lugar al diálogo, a la escucha, a la curiosidad con respecto a la diferencia del otro. La mala es del orden de la indiferencia: tolerar al otro no nos cuesta nada, porque en el fondo, no nos importan sus opiniones.

La tolerancia requiere conciencia, respeto y aceptación. Ser capaces de entender que el mundo es igual de válido mirado con otros ojos, desde otro punto de vista, demanda un aprendizaje: el de reconocer que las diferencias enriquecen. Comprender nuestra conexión con el universo y con el resto de la humanidad y aplica lo aprendido incrementando su comprensión de las diferentes costumbres, usos y maneras de las personas. Percibir la realidad en un sentido amplio nos induce a sentir una conexión profunda con los que nos rodean, incorporando el ejercicio de la tolerancia a la vida cotidiana.

Vale la pena hacer una aclaración: es una confusión bastante común que se malinterprete a la persona pacífica tomándola por pasiva, y también se suele entender mal al tolerante, considerándolo permisivo. Ser tolerante no implica dejar de defender aquello en lo que creemos ni permitir que nos agredan sin reaccionar.

La semilla de la tolerancia se planta con compasión y cuidado. Cuanto más afectuoso se es y más se comparte ese amor, mayor es la fuerza de ese amor. Cuando hay carencia de amor, hay falta de tolerancia. El propósito de la tolerancia es la coexistencia pacífica. Cuando la tolerancia reconoce la individualidad y la diversidad, se produce un acercamiento

La tolerancia no es un paradigma para predicar, o para un discurso utópico sobre el mañana, entre otras cosas porque ese mañana está comprometido desde el hoy. La tolerancia es un acto concreto para el presente, un acto de profundo sentido existencial y humano, y es también una prueba impostergable a la capacidad humana de amar y ser amado.

Es la llave civilizadora del Alma. Emerge con el impulso superior en la naturaleza del Amor manifestado. Es, la fraternidad espiritual entre las generaciones que construyen un destino común, compartiendo su Luz en términos de igualdad, respeto mutuo y solidaridad, sobreviene la fortaleza espiritual que se da en la toma de conciencia del vínculo sagrado e indisoluble que hay entre el átomo simiente, la creación y Dios.

La tolerancia nos da la oportunidad de soportar las peores tormentas. Sin tolerancia nos frustramos porque cuando las cosas no salen como queremos no permitimos entrar los beneficios de la tolerancia en la flexibilidad, amplitud, y variedad de cada situación. La contradicción es fuente de movimiento, de cambio, de desarrollo. Es cierto que no toda contradicción supone desarrollo, pero no hay desarrollo sin contradicción. Nada de todo lo hermoso y grande que ha realizado la humanidad se logró sin pasar por la contradicción.

La tolerancia ha de ser, por sobre todas las cosas, tolerancia al encuentro de las diferencias, al choque de lo distinto. Y esto supone, desde lo histórico constituido en nuestra subjetividad, malestar, ansiedad, desasosiego, sentimientos de desprotección. Entonces también la tolerancia para esos sentimientos íntimos que nos fragilizan contextualmente para hacernos crecer en la perspectiva temporal. Al ser personas tolerantes estamos haciendo consciencia de nuestra dignidad, pero también estamos aceptando nuestra fragilidad, nuestras limitaciones.

Tolerar implica, supone que debemos tener la capacidad de mirar, escuchar, pero sobre todo comprender, ser conscientes de que no hay ser humano perfecto, que no poseemos la verdad, que podemos reaccionar de manera equivocada ante alguna situación, que no debemos hacer juicios, como dice Viktor Frankl: “Nadie debería juzgar a nadie, a menos que, siendo completamente honesto consigo mismo, pueda asegurar que no actuaría de la misma manera en iguales circunstancias”. Compartir las diferencias nos enriquece. Dejar pasar actitudes desconsideradas e injustas es una manera indirecta de no respetar a quien las sufre. Ser tolerante es definirse, dar un paso al frente, hacer una opción por la justicia y la paz.

TOLERANCIA no es hacer concesiones, pero tampoco es indiferencia.
TOLERANCIA es conocer al otro y respetar su singularidad.

sábado, agosto 16, 2008

La autenticidad...

La autenticidad es una respuesta inmediata, directa, inteligente, sencilla, ante cada situación. Es una respuesta que se produce instantáneamente desde lo más profundo del ser, una respuesta que es completa en sí misma, y que, por lo tanto, no deja residuo, no deja energía por solucionar, no deja emociones o aspectos por resolver. Es algo que, por el hecho de ser acción total, una acción en que la persona lo expresa y lo da todo, liquida la situación en el mismo instante.

La autenticidad es la sencillez. Es lo más sencillo que hay, porque es lo que surge después de que se ha eliminado lo complejo, lo compuesto, lo adquirido.

Es la expresión más genuina de la libertad interior, libertad ésta que está en oposición a todo condicionamiento, que es la expresión directa de nuestro ser más profundo, podríamos decir más primario.

Otro aspecto de la autenticidad es que proporciona la evidencia, la certeza, la claridad, en cada momento, para valorar toda situación. En realidad, la situación implica, ya en sí misma, nuestra respuesta, porque la situación y nuestra respuesta no son dos cosas distintas, sino que constituyen una sola cosa.

Esto solamente es posible verlo cuando la mente no está dividida, cuando la mente no separa al sujeto del objeto, cuando la mente está abierta y percibe, en un solo campo de visión, todo lo que está sucediendo en aquel instante, lo que acontece en uno como sujeto, como perceptor y reactor, y lo que está ocurriendo en el exterior como estímulo, como reactivo; todo es y forma un único campo.

Esta libertad interior se traduce en una disponibilidad. Disponibilidad significa que la persona no está encerrada dentro de una línea, de una estructura prefijada, que no tiene que hacer un esfuerzo para trasladarse de una estructura a otra.

La autenticidad es ser y estar en el Centro, por lo tanto en el punto óptimo para encaminarse en cualquier dirección.

La autenticidad es, al mismo tiempo, una experiencia constante de satisfacción, de gozo, de felicidad, porque se está viviendo ese contenido profundo, ese contenido de plenitud.

domingo, julio 20, 2008

Mis limites

"El límite personal tiene que ver con aquello que es tan parte de mi ser que, al transgredirlo, no tengo posibilidad de ser feliz, porque dejo de ser yo mismo". Y aquí nuestra cultura nos juega una mala pasada al convencernos de que, si realmente quiero, puedo hacer cualquier cosa por el otro.

Los límites personales son la distancia, la división que marcamos entre tú, las otras personas y el mundo, y que depende de pensamientos, actividades y sentimientos que van o no de acuerdo a nuestros intereses y deseos particulares, entre lo que soy y no soy yo, dónde termino yo y comienza el otro o el mundo. Es una línea que trazamos para proteger a una parte o a toda nuestra vida de ser controlada, malentendida, o no considerada.

Este proceso se desarrolla con fuerza en la adolescencia, cuando se define la identidad. Es un camino que empieza al nacer y continúa a lo largo de nuestras vidas. El problema es que algo tan simple y socialmente incorporado, que en la adultez se pierde de vista y nos podemos quedar enredados en experiencias de vida inconducentes, con una dosis importante de sufrimiento e impotencia. Son pieza clave de nuestra salud interior y de la salud en nuestras relaciones; Constituyen una gran barrera o un apoyo único en el camino hacia nuestros objetivos y sueños personales y profesionales.

Cuántas veces hemos escuchado que si hay amor verdadero basta, que todo lo demás se puede resolver. Y ahí nos encontramos apostando al amor, haciendo nuestro mejor esfuerzo y, con tristeza o impotencia, dándonos cuenta de que esa frase, desgraciadamente, no siempre es correcta. Por ejemplo en nuestras relaciones de pareja, el vivir la vida desde la compañía de otros puede ser el límite de uno de los integrantes de la pareja, y el vivirla desde la intimidad y soledad puede ser el límite del otro. Al intentar transgredir sus límites por amor mutuo, están traicionando la esencia de cada uno y no logran, en ese renunciar, ser felices.

Podemos modificar la mayoría de nuestros gustos, estilos, incluso ideologías en el encuentro con otro (s), lo que posibilita las relaciones humanas. Ese microespacio que determina nuestra esencia, nuestros límites, aunque nos estemos muriendo de amor por otro, no podemos transarlo porque significa transgredirse a uno mismo, con todo el sufrimiento que eso conlleva.

Nosotros generalmente no establecemos nuestros límites de una forma entendible y consciente, sino que los vamos estableciendo dependiendo de la forma en que permitimos que nos traten. Esta actitud puede causar problemas, pues hay personas a las que hay que expresarles cuales son nuestras fronteras de una forma clara e inequívoca. La gente no adivina lo que nosotros queremos o lo que pretendemos que hagan. Esperar que nos adivinen nos puede ocasionar problemas, es mejor hablar claro. Por ejemplo: si no te gustan la forma de bromear de alguien contigo tienes que hacérselo saber porque sino esta persona continuara bromeando de la misma forma, aunque a ti no te guste.

Cuando nuestros limites son violados nos corresponde a nosotros aclarar la situación con quien los invade. Estos límites se ven fortalecidos cuando aprendemos a decir Si a algunas situaciones o a decir No a otras. El poner límites no tiene que ver nada con la agresividad ni es un acto de violencia, sino que consiste en ser sinceros cuando se pide que se nos respete. Hay que ser diplomáticos para no herir a los demás en algunas circunstancias.

Toda relación por intima que sea tiene que tener límites o parámetros. Para poder establecer relaciones que nos sean satisfactorias y para poder arreglar las conflictivas es necesario examinar nuestros límites. La gente llega a abusar de nosotros hasta donde nosotros mismos les damos permiso.

Hay límites físicos y limites emocionales, límites que fomentan el desarrollo y la madurez mientras que otros la obstaculizan, a veces somos demasiado radicales y no comprendemos y otras veces demasiado flojos. En nuestros limites en general podemos ser claros, flexibles, rígidos, y difusos.

Para poder reforzar nuestros límites personales, debemos tener la mayor claridad posible acerca de cuál es nuestra visión personal o profesional, a dónde deseamos encaminarnos, qué futuro deseamos tener. Entre mayor claridad logremos tener en describir para nosotros el futuro que deseamos, tanto mejor. El contar con límites personales claros y sólidos nos ayudará a enfocar nuestros recursos más valiosos - nuestro tiempo y energía - hacia el logro de los elementos de nuestra visión.
Para poder reforzar nuestros límites personales, debemos tener la mayor claridad posible acerca de cuál es nuestra visión personal o profesional, a dónde deseamos encaminarnos, qué futuro deseamos tener. Entre mayor claridad logremos tener en describir para nosotros el futuro que deseamos, tanto mejor. El contar con límites personales claros y sólidos nos ayudará a enfocar nuestros recursos más valiosos - nuestro tiempo y energía - hacia el logro de los elementos de nuestra visión.

Los límites personales adecuados son aquellos que van de acuerdo con nuestra visión personal y profesional. Te comparto algunas consideraciones para demarcar nuestros límites personales.

Revisa tus límites personales actuales y procura identificar en dónde tienden a ser poco claros o débiles, identifica en relación con cuál o cuáles elementos fallan. ¿Hay alguna persona con la cual deberías ser más firme, claro o asertivo? ¿De qué manera lo puedes hacer? Toma acción en fortalecer tus límites de manera proactiva y evita continuar reaccionando a situaciones que quizá tú mismo pudieras estar fomentando al no ser claro. No necesitas dar demasiadas explicaciones al respecto, solamente hacerlo de manera firme, clara y asertiva, con Amor.

Evita asumir que ya saben lo que tú prefieres o deseas. Es una trampa en la que seguido caemos, terminando inconformes y sorprendidos porque no se dieron las cosas como deseábamos. Nadie puede leer nuestra mente o nuestro corazón. Sé claro en expresar tus preferencias y tus intenciones, sobre todo cuando alguien te solicite algo que tú no deseas dar o hacer. Por ejemplo, no me siento cómodo en situaciones como la que describes, y prefiero hacerlo de la manera siguiente...

Toma en cuenta que nos es difícil decir No. Toma dedicación, esfuerzo y valentía el demarcar nuestros límites personales; Nos resulta difícil el ser directos y expresar lo que realmente deseamos o esperamos en cada caso. Los límites personales claros y los buenos modales no son mutuamente excluyentes. El demarcar límites no implica no colaborar, o no trabajar en equipo; Significa aumentar nuestra habilidad para expresar lo que realmente deseamos, y con base en ello definir lo que podemos y estamos dispuestos a hacer; y lo que no.

Define límites contigo mismo. Identifica de qué manera puedes estar tú mismo estorbando en tu camino, saboteando en mayor o menor grado tus esfuerzos por avanzar en la dirección que deseas. Evalúa qué tanto estás dispuesto a comprometerte con tu visión, y que tanto ésta implica salir de tu zona de confort actual.

Escucha a tus emociones y a tu intuición. Procura demarcar límites claros y firmes, más evita el construir muros que te aislarán de disfrutar y compartir. Tus emociones y tu intuición son la guía que te ayudará a encontrar el balance adecuado. ¿Alguna vez te has enfermado después de beber o comer algo que desde un principio te supo un poco raro?

Recuerda tú pones tus límites, tú estableces el tipo de relación que deseas, tú das la pauta a otros para que ellos establezcan como tratarte.

El amor genuino y verdadero no destruye.
El amor nutre y nos permite ser tal como somos.

lunes, julio 07, 2008

Respeto y Amor.

Respetar es tener respectus, palabra latina que originalmente indica esa mirada hacia atrás, pero que pronto significó una mirada atenta, reflexiva, considerada. El respeto es un asunto de bien mirar, de caer en la cuenta, de descubrir al otro, descubrirse en él y descubrirlo en mí. Su norma básica sigue siendo la misma desde hace miles de años: "No hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti", "Lo que quieres que hagan por ti, hazlo tú por otros" (Mt 7,12).

Este respeto se fundamenta en una palabra, aquella que me permite reconocerme otro para el otro. Respetar significa: RECONOCER.

El respeto empieza por uno mismo, ahí es que nace el respeto, se concibe, no se obtiene por medio de violencia, ni disfraces que oculten quienes somos. Ya seamos líderes, religiosos, trabajadores, estudiantes, padres, hijos, hermanos, el respeto a uno mismo, el respeto mutuo, eso es lo que hace que caminemos hacia delante.

Respetar a alguien significa reconocer lo que se presenta en él, lo qué es, cómo es… y que así está bien. Esto incluye, que yo también me respete a mi mismo. El acto de respetar lo que soy y como soy, me hace justo. Si me respeto a mí mismo y a los demás, renuncio a hacerme una imagen de cómo yo o los otros deberían ser. Sin esta imagen, no puede existir el juicio crítico discriminador de lo que podría ser mejor. Ninguna imagen artificial se interpone entre la realidad que se muestra y yo mismo. De esta manera, amo la realidad, así como se evidencia, amo así cómo soy, amo al otro así como es, y amo nuestra diferencia. Me contento de la realidad, así como se muestra.

Me alegro de mí, tal como soy… me alego del otro, tal como es… y me alegro de las diferencias que se evidencian y que me hacen darme cuenta de que yo soy diferente al otro y el otro es diferente a mí. Este respeto mantiene la distancia. No se insinúa en el otro, y tampoco permite que el otro se me insinúe, de la atribución que no me corresponde o de disponer de mí según su imagen. Por lo tanto, podemos respetarnos sin que uno quiera anular al otro.

Si necesitamos uno del otro y queremos algo uno del otro, tenemos que poner atención a… ¿nos favorecemos recíprocamente o nos inhibimos a nosotros mismos y al otro del propio desarrollo? Si tenemos que reconocer que, así como somos, impedimos el desarrollo en nosotros y en los demás, entonces el respeto no se acerca sino que s e aleja. Entonces, respetamos lo que cada quién puede y tiene que andar por su propio camino.

El amor y la alegría o contento mío y del otro en este, entonces, se profundiza y amplía. Porque finalmente, el amor y la alegría, así como el respeto… se relajan.

El amor se manifiesta básicamente como respeto, solidaridad y cuidado. El Amor es la memoria que la Unidad tiene de sí misma en la diversidad.

"La Vida es, fundamentalmente, perfecta". La vida no es una carrera sino una jornada para ser saboreada a cada paso que demos.

sábado, junio 21, 2008

Dejar de echar la culpa.

Cuando decidimos no echar la culpa —dice Mípham Rímpoche—, el mundo se abre. Comenzamos a apreciar las idiosincrasias de la vida. Tenemos más imaginación y nos volvemos más capaces de descubrir cómo avanzar con creatividad.

Echar la culpa es un asunto delicado. Cuando tratamos de encontrar un culpable fuera de nosotros mismos, estamos fracasando en el trabajo con nuestra propia mente. En vez de mirar hacia dentro, o de tener una perspectiva mayor y ver la transparencia de toda la situación, nos airamos. “Si el taxista que iba delante de mí hubiera ido más rápido, no habría llegado tarde al trabajo.” “Si otro hubiese limpiado la cocina, estaría viendo mi programa favorito de televisión en vez de tener que estar fregando este suelo.” Incluso si encontramos a alguien a quien podemos culpabilizar de nuestro dolor razonadamente, comportarnos en la vida de este modo no proporciona un verdadero alivio. Echar la culpa no hace más que sentar las bases para un mayor sufrimiento y descontento.

Parece que el mundo se está convirtiendo en un lugar demasiado pequeño como para que todos andemos blandiendo el arma de echar la culpa. ¿A dónde puede ir a parar todo esto? Cuando estamos desilusionados o frustrados, cuando estamos sufriendo o no tenemos un buen día, tendemos a buscar un objeto para echarle la culpa. “Si sólo esto cambiara, no tendría este problema” se convierte en nuestro mantra.

Mientras estemos buscando a alguien a quien culpar, nuestra mente es incapaz de calmarse. Cuando nos situamos en un marco mental en el que estamos constantemente intentando encontrar alguien o algo en el mundo a quien proyectar nuestro estado de infelicidad, haciéndole responsable de él, abandonamos la posibilidad de armonía.

Echar la culpa es una forma de agresión. Buscar fuera un objeto al que podamos imputar nuestra negatividad e irritación obstaculiza nuestra capacidad de tener paz. El camino de la meditación nos alienta a ser más grandes y más maduros, a ser más abiertos. Sugiere que nos hagamos responsables de nuestro comportamiento. Esto significa que un día tendremos simplemente que dejar de culpar al mundo.

En el camino de la meditación, reconocemos la actividad de nuestra mente de un modo muy pragmático, lo que proporciona una oportunidad de observar la actividad de la culpa. En lugar de irradiar negatividad, podemos ver que el origen real de nuestro descontento es que no estamos dispuestos a trabajar con nuestra mente. Mientras sigamos buscando un lugar al que atribuir nuestro descontento y agresión, estamos ignorando la posibilidad de desenraizarlos por medio de la sabiduría. Podríamos estar usando la mente para comprender que la agresión misma es vacía, condicionada y necia.

Esto lo vemos cuando tenemos la suficiente capacidad de darnos cuenta de lo que nos pasa, y entonces dejamos de ser tan propensos al hábito de echar la culpa. Lo cual no significa que nos hagamos masoquistas y nos culpabilicemos, sino que nos damos cuenta de que el dolor y el sufrimiento —sea como sea nuestro día— son una realidad muy básica. Podemos ver que lo estamos pasando mal, que estamos sufriendo, y eso abre nuestro corazón y nuestra mente a la realidad de que, sin importar a quien encontremos para echar la culpa, ese individuo sufre también.

El Buda esbozó cuatro verdades básicas. La primera verdad es la del sufrimiento. Podemos tener la impresión de que hay personas que sufren y otras no. Pero al decir “verdad” nos referimos a que es relevante para todos, no a que sea “verdad para algunos y no para otros” o “verdad unos días sí y otros días no.” Vivimos en un mundo donde el sufrimiento es la constante.

No deberíamos sorprendernos si descubrimos el dolor en nuestra vida; no deberíamos tomarlo como una ofensa personal. Todo el mundo tiene días malos, todo el mundo tiene dificultades, y culpar a otra persona no va a cambiar esa verdad. Echar la culpa es una manera de evitar esa verdad. No hemos fracasado como seres humanos si sufrimos. De hecho, el sufrimiento sienta las bases para comprendernos a nosotros mismos y para comprender a los demás.

Echar la culpa es un obstáculo en el camino hacia la apertura mental y la comprensión. Si culpamos a los demás cuando el mundo no gira a nuestro gusto, estamos creando unos estrechos parámetros en los que ha de encajar todo. No vemos otra salida para resolver nuestro problema; ninguna otra cosa servirá. Echar la culpa nos ancla al pasado y nos empequeñece. Nuestras posibilidades se limitan a una pequeña situación. ¿Dónde nos va a llevar ese camino de la culpa?

En esta época en que es tan fácil culpabilizar a otros países, a otras culturas, a otras maneras de pensar, echar la culpa solo agravará cualquier situación. Incluso cuando experimentamos un suceso sumamente doloroso y nos creemos totalmente justificados para señalar con el dedo una persona o un grupo concreto, estamos eligiendo empequeñecernos. Estamos confirmando una tendencia habitual y dificultando nuestra capacidad de crecer como seres humanos.

La madurez que cultivamos por medio de la meditación nos proporciona la base desde la cual podemos intentar comprender a los demás en vez de culparles. Como ha afirmado el Dalai Lama, la invasión china se convirtió en un maestro, un poderoso reto para aumentar la compasión, una oportunidad para comprender que cuando la gente hace algo que daña a los demás, ella misma está sometida al miedo y al engaño. En lugar de reconstruir en la cabeza los mismos sucesos y apuntar repetidamente la flecha de la culpabilidad a la diana que hemos elegido, también podemos decidir conscientemente girar nuestras mentes hacia algo más grande. En vez de invertir en la fijación, podemos trabajar en soltar.

Este proceso requiere disciplina y conduce a la alegría. Cuando vemos nuestra tendencia a echar la culpa y decidimos no hacerlo, el mundo se abre y entonces tenemos mucho más espacio en nuestra mente para maniobrar. Mientras que antes estábamos bajando por una carretera de un solo carril, ahora nos encontramos en una gran pradera. Sin las restricciones de la culpa, somos capaces de sentir nuestra inteligencia natural, nuestra compasión innata. Tenemos acceso a una fuente profunda de comprensión que puede incluso avivar nuestro sentido del humor. Comenzamos a apreciar las idiosincrasias de la vida. Tenemos más imaginación y nos volvemos más capaces de descubrir cómo avanzar con creatividad.

Se requiere confianza y valentía para no seguir el camino de la culpa. Vamos contra la corriente. Como estamos actuando desde un profundo sentido del darse cuenta de nosotros mismos, no somos tan predecibles. Los demás pueden pensar que somos estúpidos o que estamos locos; puede incluso que sorprendamos a la persona que espera que le echemos la culpa. Pero no somos estúpidos, de hecho, somos un poco más sabios. Esta mezcla de sabiduría y valentía nos capacita para estar más en paz con nosotros mismos. Hemos encontrado el camino de la compasión y la virtud.

Nuestros ojos y oídos, nuestra mente y corazón, tienen más capacidad para comprender. Al tomar el camino de no echar la culpa, nos dirigimos hacia un futuro que incluye la alegría y la libertad.

miércoles, mayo 21, 2008

El mecanismo psicológico de la Negación.

La negación es un mecanismo de defensa que consiste en enfrentarse a los conflictos negando su existencia o su relación. Se rechazan aquellos aspectos de la realidad que se consideran desagradables. Nos enfrentamos a conflictos emocionales y amenazas de origen interno, como una necesidad, un sentimiento, un deseo o un rasgo de personalidad, que resultan amenazantes y difíciles de reconocer o externo, por ejemplo algo que está sucediendo en nuestra vida.

Lo primero que necesitamos hacer, si queremos cambiar algo, es salir de la negación, ya que es imposible manejar lo que no aceptamos ni reconocemos. ¿Cómo buscamos soluciones a un problema si nos aferramos a la idea de que dicho problema no existe?

Salir de la negación y reconocer que hay algo que no funciona que necesita ser cambiado, e incluso reconocer que a veces no podemos solos y que necesitamos ayuda, es el primer gran paso, sin el cual no son posibles la curación y el cambio. Después de este paso, por cierto quizá el más difícil, todo lo demás viene casi por añadidura.

¿Por qué es tan difícil reconocer nuestros sentimientos mal llamados «negativos» (los sentimientos no son negativos o positivos, simplemente son), como la envidia, el resentimiento, la ira o el miedo?

¿Por qué es tan difícil aceptar que tenemos un problema, que no sabemos cómo resolverlo y que tal vez estemos equivocándonos? Porque casi todos nosotros crecimos dentro de sistemas familiares, escolares y sociales en los que aprendimos que cometer un error es vergonzoso, así como tener un problema y no saber cómo hacerle frente o necesitar ayuda; todo esto lo vemos como signo de ignorancia, debilidad y por lo tanto preferimos ocultarlo para no sentirnos tontos, débiles o ignorantes. Estos sentimientos «negativos», que todos tenemos, son tan mal vistos socialmente, que aprendemos a reprimirlos, negarlos o distorsionarlos para ser aceptados por quienes nos rodean.

Entonces, poco a poco nos convertimos en expertos en negación y vamos por la vida, a veces durante años, mintiéndonos a nosotros mismos, porque la negación es eso, una gran mentira que apuntalamos y sostenemos a costa de lo que sea para no enfrentamos a una realidad que nos resulta sumamente amenazante.

Otras importantes razones para mantener la negación son el miedo o la comodidad, ya que si reconocemos que hay un problema debemos hacer algo al respecto. Aunque parezca increíble, muchas personas continúan en negación aún después de ver evidencias clarísimas del problema. Por ejemplo, ven a su hijo consumir drogas o a su pareja tener una relación extramarital, o bien que su hija es víctima del abuso sexual de un familiar: reconocer esto implica tomar decisiones muy drásticas; un divorcio tal vez, una ruptura en las relaciones familiares, una confrontación o, en pocas palabras, entrar en un proceso difícil para el que no siempre se está preparado.

Casos drásticos de negación, como el de una madre que, teniendo frente a ella a su hijo visiblemente drogado y alcoholizado, repetía sin cesar: «No está pasando nada, todo está bien». 0 aquel adolescente que presentaba comportamientos verdaderamente alarmantes, como robar artículos en las tiendas; al serle expuesto el caso, su padre argumentaba: «Son cosas propias de la adolescencia». Y la madre de una niña de 5 años que era víctima de abuso sexual por parte de su padrastro; aun cuando la niña había informado sobre esto repetidas veces a su madre, ella le respondía: «No puede ser, seguramente estás equivocada».

Así es la negación; no es que estas personas estuvieran intencionalmente evadiendo la realidad, sino que en verdad no son capaces de verla. Porque reconocerla implicaría tocar cargas enormes de miedo, de culpa, de impotencia y tener que tomar decisiones drásticas y difíciles al respecto.

En ocasiones lo que negamos no son realidades que están sucediendo, sino sentimientos o necesidades a los que por cualquier razón no podemos hacer frente. Decimos entonces cosas como: «Claro que no me molesta», «No me duele», «No me importa», etcétera.

Otra razón por la que nos aferramos tan fuertemente a la negación es que creernos que no ver un problema o un sentimiento significa que éste se va, desaparece. Hay personas que aconsejan a alguien que está pasando por alguna situación difícil: «No pienses más en eso», o «No hables de eso». Pero las cosas no funcionan así: volver la cara, no querer reconocer un sentimiento, un problema, una realidad, no significa que desaparezca, al contrario crecerá y echará raíces y se ramificará, hasta que sea tan grande que resulte imposible no verlo. Entonces, sólo hasta entonces, la solución o el cambio se harán inminentes, aunque tal vez serán más complicados y difíciles. Existen problemas que empezaron como pequeñas y débiles ramitas y de tanto negarlos, de tanto no querer verlos, terminaron convirtiéndose en gigantescos árboles.

Para seguir sosteniéndonos en la negación, hacemos cosas como justificar, evadir o descalificar la fuente que nos está informando sobre esa realidad que no queremos ver; esa fuente puede ser una persona cercana, un libro, un conferenciante, un terapeuta, un médico, a quienes descalificamos diciendo: «No sirve», «No es bueno», «Está loco», «Es un mentiroso», etcétera.

Cuando nos veamos reflejados en alguna de las situaciones expuestas, no te recrimines, ni avergüences, pues no eres un monstruo por ello, eres tan sólo un ser humano como yo o cualquiera. Estamos haciendo lo mejor que podemos, intentamos ser un buen padre, o madre, amigo, pareja, hijo de la mejor manera que conocemos, porque detrás de cualquier cosa que hacemos y decimos estamos genuinamente buscando la felicidad y el amor, aunque, paradójicamente, lo que hacemos y decimos con frecuencia nos aleja de estas metas.

“Las emociones no son ni buenas ni malas. El problema surge de nuestra ceguera ante nuestro emocionar, y al no verlas, en el quedar atrapado en ellas. Les decimos a nuestros niños: “controlen a sus emociones”, lo que equivale a decirles: “niéguenlas” y los atrapamos en la ceguera sobre nosotros mismos. Si dijéramos: “mira tu emocionar y actúa conciente de él les abriríamos un espacio reflexivo y los invitaríamos a una libertad responsable…”. Humberto Maturana.

domingo, abril 20, 2008

El mecanismo psicologico de la Proyección.

La proyección es el proceso de atribuir a otros lo que pertenece a uno mismo, de tal forma que aquello que percibimos en los demás es en realidad una proyección de algo que nos pertenece; puede ser un sentimiento, una carencia, ideas, preocupaciones, deseos, miedos, inseguridades y recursos, una necesidad o un rasgo de nuestra personalidad. Es importante mencionar que la proyección no aparece únicamente en un sentido negativo, no sólo proyectamos en los otros nuestros conflictos de personalidad, sino también nuestras áreas de luz, de manera que todo eso que te gusta de otra persona es también una proyección de los aspectos bellos y sanos de nosotros mismos.

Todos los aspectos de nuestra personalidad nos son devueltos como reflejos. La realidad que vemos habitualmente sólo es un fiel reflejo de nuestros pensamientos, emociones y creencias.

Cada vez que decimos las palabras «tú eres» o «él es» o «ella es», estamos proyectando algo de nosotros sobre otra persona. Puede ser «eres raro», en cuyo caso inconscientemente vemos parte de nuestra propia rareza en esa persona. Cuando decimos «es una estúpida», estamos proyectando nuestra propia estupidez sobre ella. O podría ser «eres fantástico», porque vemos algo de nuestra propia maravilla en el. Si les decimos a otros que son sabios pero no aceptamos nuestra propia sabiduría, estamos proyectando nuestra sabiduría al exterior.

Cuando asumimos que otra persona siente como nosotros, estamos realizando una proyección. «Debes de sentirte fatal por eso» o «debes estar encantado» son proyecciones. Estamos colocando nuestros sentimientos sobre la otra persona. «A nadie le gusta el arroz con leche» es una proyección.

Hay una «parte oculta» en casi todas nuestras relaciones, conformada por una gran variedad de facetas, proyectadas de manera inconsciente en relación a los otros, proyecciones que se desconocen y se niegan, porque descubrirlas a veces asusta y casi siempre avergüenza, sentimos esto en muchos momentos de nuestras relaciones, sobre todo después de esas explosiones donde surgen los sentimientos reprimidos y negados, donde nos agredimos mutuamente y dejamos la marca de esas ofensas que el tiempo casi nunca borra, y que se van acumulando una sobre otra dañándonos profundamente, tanto a nosotros como a los otros.

Los invito a conocer esa «parte oculta» de nuestras relaciones, saber por qué ese otro, específicamente, nos saca tan fácilmente de nuestro centro, por qué nos desagrada tanto, por qué nos es tan difícil amarlo, por qué estamos empeñado en cambiarlo, por qué lo presionamos con tal insistencia para que haga o -deje de hacer.

Darnos cuenta de qué nos pasa nos abre la posibilidad de un cambio profundo en nuestra relación con el otro, darnos cuenta transforma, casi en segundos, estos sentimientos de rechazo, rencor y culpa, que pueden resultar devastadores. Muchas veces he sido testigo del profundo cambio de percepción y sentimientos con el solo hecho de descubrir y reconocer esa «parte oculta». Mientras no la reconozcamos, difícilmente podremos solucionar los problemas de forma real, profunda y permanente, ya que aun cuando llevemos a cabo cambios de comportamiento, de relación o de comunicación, la sombra de esa «parte oculta» seguirá contaminando y eclipsando cualquier intento de solución. (Sombra: término propuesto por Carl Jung para referirse a los aspectos indeseables de la personalidad que están fuera de nuestra conciencia.)

Mientras vivamos en un cuerpo físico en el planeta Tierra estaremos proyectando. Este mecanismo de defensa puede ser un eficaz medio de autoconocimiento, pues los demás nos permiten ver nuestros rasgos funcionales y disfuncionales, algo que sería muy difícil identificar de otro modo. Por eso se dice que las personas que nos caen mal son una maravillosa fuente de información para detectar lo que no hemos solucionado dentro de nosotros mismos.

Las personas que critican constantemente, que en todo y en todos encuentran un motivo de queja, que perciben siempre el punto negro en el mantel blanco, tienen una “Sombra” grande que constantemente la proyectan a su alrededor. Proyectamos nuestras inseguridades y nuestra sexualidad sobre los demás. La persona que está paranoica por la moralidad de los demás está proyectando su propia inmoralidad escondida.

Cuando te veas reflejado en alguna de las situaciones, no te recrimines, ni avergüences, eres tan sólo un ser humano como yo o cualquiera. Estamos haciendo lo mejor que podemos, de la mejor manera que conocemos, porque detrás de cualquier cosa que hacemos y decimos estamos genuinamente buscando la felicidad y el amor, aunque, paradójicamente, lo que hacemos y decimos con frecuencia nos aleja de estas metas.

Cuando un padre le dice a su hijo: «Eres un chico difícil», se está proyectando a sí mismo en él. Esto puede resultar muy perjudicial para el niño, que no comprende la realidad: el comentario no tiene nada que ver con él, sino con el padre. Una madre que quiere a su bebé y le repite lo hermoso y encantador que es, está proyectando positivamente su corazón generoso. Con ello los dos salen beneficiados.

Cuando dejamos de proyectar y en lugar de ello asumimos la responsabilidad de nuestros propios sentimientos, podremos decir: «Me siento incómodo cuando me haces estas preguntas», «Esto es asunto mío» «A mí me resultaría difícil aprender computación», o «Me siento muy amenazado por lo que está ocurriendo en el mundo».

La educación que recibimos y prácticamente toda la información que nos llega cada día parecen negar el mecanismo de la proyección, proponiéndonos que la realidad “externa” no está conectada con nuestro interior, sino que es un escenario rígido, sobre el que tenemos muy poco control y al que nos tenemos que tratar de ajustar.

Nuestra situación se parece un poco a la de la Humanidad descrita en la película The Matrix: personas atrapadas por una ilusión tan perfecta que no nos resulta posible “despertar” y ver el mundo tal como es. Tal vez el mayor desafío en esta vida sea el de descubrir la manera de desprendernos de este modelo que hemos heredado, y de empezar a crearnos, conscientemente, intencionalmente, un mundo mejor. Por suerte hay a nuestra disposición todo tipo de ayuda…
Cuando estamos cien por cien desapegados y seamos capaces de observar desde una perspectiva totalmente objetiva, podemos ver claramente a la persona o la situación. El ver nuestra magnificencia aumentada y reflejada en el otro nos ofrece una estupenda oportunidad para el crecimiento espiritual.

Un maestro hindú decía: “el 80% de lo que proyectamos es nuestro, el 20% restante, también…

jueves, marzo 20, 2008

Nuestro Viaje.

Nuestro viaje espiritual es un camino hacia la iluminación, en el que se nos proporcionan muchas oportunidades para sanar, crecer y aprender sobre nosotros mismos y los demás. Mientras avanzamos hacia este objetivo buscamos maestros y guías para que nos ayuden a lo largo de nuestro camino, buscando aquellos que creemos que ya han logrado iluminación o que son más iluminados de lo que estamos nosotros. Tendemos a creer que ellos pueden proporcionarnos lecciones en iluminación y acelerar el proceso. Entonces cuando nos enfrentamos con personas que nos enseñan lecciones difíciles creemos que hemos encontrado personas que son menos iluminadas de lo que somos nosotros y cuestionamos nuestro nivel de evolución espiritual. Pero estamos viendo esto de la manera equivocada porque todos son iluminados, a su manera.

La iluminación no se trata de ser espiritualmente avanzados o de lograr un estatus de maestro. Es parte del proceso de evolución y crecimiento que es nuestro viaje de vida. Y es diferente para cada uno de nosotros. Para algunos, la iluminación puede significar superar un solo miedo o creencia. Para otros puede ser el logro de un dominio espiritual. Puede tomar toda una vida avanzar un nivel o podemos movernos a través de múltiples niveles de crecimiento e iluminación. Nuestra habilidad para iluminarse depende de muchas cosas, incluyendo nuestra voluntad para sanar y crecer, nuestra habilidad para aprender y nuestro compromiso con nuestro viaje espiritual. Pero, en su mayoría, depende de lo que vinimos a aprender aquí.

Cada uno de nosotros nace con lecciones para aprender y con el tiempo aprende a reconocer nuestras lecciones. Todos eventualmente reconocen el hecho de que ciertas situaciones y circunstancias se repiten en su vida. Ya sea que elijan reconocer y trabajar con ellas o no es parte del proceso de iluminación. Quizá aquellos que no parecen crecer espiritualmente son maestros espirituales que vinieron a aprender sobre el miedo y el dolor. Y las dificultades que experimentan son parte de este proceso de aprendizaje. ¿Los hace eso menos iluminados? ¿Quién puede juzgar eso para ellos?

Atraer maestros difíciles no es un reflejo de iluminación, ya sea nuestra o la de los demás – el hecho que los atraigamos significa que existe una conexión y que podemos aprender uno de otro. La experiencia es parte de nuestro viaje. Lo que cada uno de nosotros necesita aprender de esa experiencia solamente lo sabemos nosotros. Quizá necesitemos aprender sobre la resistencia y el miedo. Quizá necesitemos ser una persistente fuerza negativa en la vida de alguien para ayudar con su aprendizaje del alma. Quizá necesitemos aprender a establecer límites. Quizá necesitemos aprender a amarnos. Cualesquiera que sean las lecciones que experimentemos con y a través de otros, la iluminación ocurre para todos. Simplemente no es lo mismo para todos.

Cuando miramos a la iluminación como un tipo de jerarquía espiritual estamos olvidando que todos nosotros somos perfectos y estamos conectados. Cada persona siempre está en el nivel perfecto de iluminación que puede lograr en cualquier momento de su vida. Es un proceso individual, así que no pueden hacerse las comparaciones. Cuando comparamos estamos juzgando a los demás y con frecuencia a nosotros. No estamos al tanto de la importancia o valor de las lecciones de alguien, así como tampoco podemos ver el completo alcance de lo que alma vino a experimentar. No es posible que sepamos cuáles son las lecciones de alguien, así como tampoco podemos saber cuán importantes son ciertas experiencias para ellos.

Si vemos a todos como iluminados y honramos su viaje, sin importar que tipo de experiencias de vida suponga eso, nos movemos dentro del espacio de no juzgar, de la aceptación y amor incondicional. Esta es una lección que toda la humanidad está experimentando en este tiempo. Es donde necesitamos estar si vamos a aceptar las oportunidades del Cambio y a crear un mundo en donde la paz, la alegría y el amor incondicional estén disponibles para todos. Ver a todos como iluminados es reconocer su viaje del alma y podemos elegir si queremos ser parte de ello o no. Nos permite decidir a quién o qué permitiremos compartir en nuestro viaje. Y esto nos traerá paz cuando recordemos que todos son iluminados y que cuando hacemos brillar nuestra luz y trabajamos en nuestras situaciones, permitimos que los demás hagan lo mismo en la perfección del viaje de su alma para crecimiento, sanación, amor y regreso a la Fuente.

Con amor en este viaje
Maria Inés

viernes, enero 25, 2008

El valor de ser lo que somos.


¿Cuántas veces has escuchado decir: "Sigamos las reglas. Es mejor no arriesgarse."?
¿Cuántos padres han predicado a sus hijos la importancia de no hacerse notar, de no sobresalir, de no diferenciarse del montón?
¿Qué habrán opinado esos hijos cuando, luego de aplicar esos sabios consejos, los resultados han sido lo contrario de lo esperado?

Seguramente que, en ese momento, no habrán estado de acuerdo con la idea de que si uno hace siempre lo correcto, lo que se espera de uno, nunca tendrá nada de que arrepentirse. Lamentablemente, la vida no es tan fácil como para que una regla o un conjunto de reglas te puedan asegurar que todo irá bien en tu vida y que nunca tendrás que lamentarte de algo que hiciste.

Puedes equivocarte tanto siguiendo las reglas como dejando de hacerlo. ¿Qué quiere decir seguir las reglas? Significa hacer lo que los demás esperan que hagas. Los demás pueden ser tus padres, tus amigos, tus maestros, cualquier persona que tenga algo que opinar sobre lo que haces o dejas de hacer. La sociedad, en general, espera de ti un determinado comportamiento, ya que eso precisamente significa vivir en sociedad: atenerse a un conjunto de reglas, las de la sociedad en que vivimos.

Existen personas que se limitan a vivir según lo que la sociedad espera de ellas; existen otras que solamente obedecen a su voluntad y no les interesa lo que puedan pensar los otros. Entre ambos extremos se encuentra la posición más adecuada para la mayoría de nosotros. Si queremos extraer más felicidad de la vida, tenemos que tener en cuenta nuestros propios deseos y necesidades, no solamente los de los demás. Por otro lado, solamente contadas personas pueden soportar enfrentarse a la sociedad y sacar algún beneficio de ello.

El ser humano es un animal gregario, no está destinado a vivir en soledad. Cuando eras aún un bebé, no tenías conciencia de la separación entre tú y el resto del mundo. Luego, poco a poco, comenzaste a darte cuenta de que tu madre no formaba parte de ti y que no podías lograr siempre que hiciera lo que tú querías. En ese momento fue cuando comenzó la oposición entre tu individualidad y la sociedad, representada por tu madre o quien sea que se ocupara de ti. Durante todo tu crecimiento biológico se fue llevando a cabo un proceso de socialización, en el cual tu individualidad libró una batalla contra las expectativas de aquellos que te rodeaban.

Del resultado de esa batalla solamente tú puedes opinar, decir si fue bueno o malo. Existen personas que son felices sin necesidad de decidir por su cuenta, haciendo en todo momento lo que los otros les dicen que hagan. Comentarios como "Los chicos buenos hacen esto" o "Las chicas decentes no hacen tal otro", van guiando los pasos del joven en desarrollo y lo van llevando por el camino que sus padres y educadores han trazado para él.

Llegado el momento de elegir una carrera o un oficio, muchos son los que, por falta de una vocación definida, terminan eligiendo lo que los otros les dicen que es lo más conveniente. Lo mismo ocurre a la hora de elegir pareja y en otros momentos menos trascendentes de la vida. Si esto para ti ha funcionado bien, es decir, te ha conducido a una vida todo lo feliz que es razonable esperar, no hay razón para que cambies la manera en que te has venido manejando.

Si, en cambio, opinas que la vida no te ha dado toda la felicidad de la que serías merecedor, sería conveniente que revises las decisiones que has tomado y en qué medida lo que los otros esperaban de ti ha influido en el rumbo que has tomado. Muchas veces la buena voluntad de los que nos aconsejan no es suficiente para lograr nuestra felicidad. Una exploración profunda de tus verdaderas necesidades puede ser indispensable para saber cuál es el camino que te conviene seguir.

El conocimiento de qué es lo que realmente deseas puede ser necesario para que tu vida sea más feliz de lo que es ahora, pero no es lo único que te hará falta. Además debes tener el valor para enfrentarte con lo que lo que los otros puedan pensar que es más conveniente para ti. Cuando de niño no se ha tenido el apoyo de unos padres que le hayan alentado a uno a tomar sus propias decisiones, el proceso puede ser bastante doloroso.

Cada vez que se tiene que tomar una decisión, y sobre todo cuando es una importante, el miedo a equivocarse hace presa de la persona. ¿Y qué pasa si elegimos la opción incorrecta? Esto es lo que todos nos preguntamos en el momento de tener que elegir. La verdad es que, en la mayoría de las decisiones que hacen a nuestra vida, nadie nos puede asegurar que nunca nos hemos de equivocar. Ello es así sencillamente porque son muchos los factores que entran en juego y nunca se puede tener seguridad sobre todos ellos.

La libertad de poder elegir tiene el precio de que podemos equivocarnos, pero esto no debe impedirnos decidir por nuestra cuenta habiendo hecho primero un cuidadoso estudio de todos los factores involucrados. No debes temer a equivocarte y no debes sentirte culpable si luego resulta que no elegiste la mejor opción, suponiendo siempre que lo hayas hecho a conciencia y después de haber pensado suficientemente lo que ibas a hacer.