jueves, agosto 09, 2012


La verdad está en el descubrir, no en lo descubierto.

El propio hecho de descubrir implica abrir la mirada a un nuevo horizonte. Y tal vez, la labor de descubrir sea la misión esencial que el ser humano tiene asignada sobre la tierra. Se trata de perforar cada día nuevas capas de cebolla que nos aproximen al núcleo esencial de todas las cosas.

Cada vez que descubrimos, nos asomamos al balcón de una nueva porción de verdad y de existencia.

Cuando experimentamos el hecho de descubrir junto a otra persona, se produce un chispazo que nos hace cómplices del instante mágico del darse cuenta. Cuando descubrimos una cualidad, hasta entonces oculta o simplemente comprendemos los procesos mentales que nos conforman, sentimos la felicidad del que se sabe que crece y se libera. Sin embargo, más tarde sucede que la mente tiende a quedarse enganchada dando vueltas sobre lo descubierto, sin percatarse de que el verdadero gozo estaba en el descubrir. ¿Existe verdad mayor que la fugaz y luminosa chispa del descubrimiento?, ¿puede haber algo más bello que compartir, el acontecimiento del descubrir?

Intuimos que somos algo más que cuerpo. Intuimos que algo en nosotros es Luz, Infinitud y Totalidad. Y sucede que todo aquello que contribuye a descubrir tal esencia, vitaliza los sentidos y produce júbilo en el alma. Descubrir quiénes somos y descubrir cómo funcionan nuestras diferentes partes internas, es un regalo tan intenso como pasajero. Algo parecido al relámpago que al llegar de súbito, todo lo ilumina

Cuantos más rayos tiene una tormenta, más horizonte se descubre aunque sea en una noche de nubes negras. Vivir en el descubrimiento sostenido conlleva un estado de conciencia que recuerda al del niño que se sorprende, una y otra vez, porque ve todas las cosas como nuevas. “Sed como niños para entrar en el Reino”, dijo el Lúcido refiriéndose al estado de suprema inocencia. Un estado que carece de memoria y anticipación y en el que, en cada instante, se descubre maravillado una existencia nueva. Redescubramos al niño interno y rescatemos su inmensa grandeza. Ahora ya somos conscientes del regalo que supone recrearnos en la perfección que subyace tras nuestras luces y sombras internas.

Lo que ha sido descubierto, pasado un instante, ya queda viejo. Sin embargo, el descubrir es siempre fresco. Una experiencia que no depende de lo de fuera, de sus artilugios, ni de los “efectos especiales” que adornen las superficies externas.

El descubrir depende de la actitud con que se encara la vida, depende de la capacidad de vaciarse y soltar registros ya vividos, archivos que se proyectan en todo aquello que uno mira con carga vieja.

El descubrir supone soltar suposiciones y neutralizar el control que quiere ejercer la cabeza. Merece la pena abrirse a lo nuevo y recordar que todo lo recién nacido está en sus ojos y no precisamente en las “afueras” de su propia cara.

La conciencia creativa permite, en cada momento, que uno se construya la vida como si de pintar un lienzo se tratara. Para ello, el artista descubre la chispa de la siguiente pincelada. Y aunque ignora lo que va hacer luego, confía que en el paso siguiente, descubrirá la forma y resolverá la encrucijada. El camino se hace al andar, descubriendo, cada segundo, el lugar de la próxima pisada. La anticipación emocional condiciona la mente a tener que vivir lo que previamente programó en la proyección al futuro de su propia historieta. Cuando vamos a una fiesta con la intención de repetir el gozo de la anterior, decimos adiós a lo nuevo y apostamos por una frustración completa.

En realidad, el que descubre es el que despierta.